En el eterno ensayo Autosuficiencia. La confianza en uno mismo, Ralph Waldo Emerson quedó grabado en la memoria como el primer romántico de Norteamérica. El poeta veía la historia como un juego donde grandes personalidades tratan de tallar su espíritu en las instituciones sociales, para luego encontrar la inmortalidad al lado de las nuevas costumbres que fundaron en su pueblo. Aunque el título del ensayo da a entender que hay en su discurso una orientación hacia la autoayuda, lo cierto es que en su trabajo habitan intenciones bastante grandes, y toda palabra de aliento que expresa hacia el lector la hace apoyada en letradas referencias y un trato delicado del lenguaje.
La tesis historicista que hay detrás de este ensayo —y que me interesa recalcar— es bastante simple: que son aquellos individuos servidos de su propia fuerza de voluntad y rectitud del carácter los que tuercen la historia, y que, de algún modo, escriben las pautas de las futuras generaciones a través del carisma anidado en su forma de ser. Emerson destaca que el Derecho Romano es la encarnación jurídica de Cicerón, así como el constitucquarto previewionalismo norteamericano expandido en el mundo es la presencia omnipresente de los padres fundadores como Jefferson o Madison. Napoleón le dio a Francia una cultura imperial que aspira a la expansión, y el recién difunto José Mujica, a mi parecer, cristaliza la sabiduría naturalista de la tradición chacrera uruguaya.
Hay individuos que son tan únicos, y que expelen una originalidad de tal intensidad, que terminan por representar a todo un tiempo, a toda una época, a una generación, sin siquiera buscarlo. Me parece que este es el caso de Jorge González, un músico que hacía rato que el tiempo debiese haberle quitado protagonismo, pero que por su genialidad, tan sintonizadora con el estado de permanente irritación cotidiana del chileno de a pie, no ha sido posible.
A finales de 2024 se publicó el podcast Necesito poder respirar, ampliamente difundido y galardonado entre los internautas. En este relato auditivo se hace una travesía sobre el significado que reserva la trayectoria vital del que me atrevo a llamar cantautor chileno. Jorge González es la figura que hizo del desencanto con la realidad del país música rebelde, capaz de interpretar los problemas sociales más profundos y duraderos del mismo. No creo estar equivocado si intuyo que en su nombre hay una voz que trasciende generaciones. Es la voz de los 80’, pero también coreaban sus letras la camada que llenó
el Estadio Nacional a inicios de los 2000’. Incluso en el estallido social de 2019 el Baile de los que sobran se convertía en el lema de las juventudes que salían a protestar.
Jorge González acarrea en su obra el problema irresuelto de la dignidad en Chile: un reflejo del abandono de las necesidades populares, pero también una constante actitud reticente; una experiencia de injusticia hecha demanda que viene siempre acompañada de una reacción destructiva e inorgánica. No es casualidad que hoy, a pesar de tener atrofiada su voz, su movilidad y hasta su apariencia física, sigamos coreando con tanta liberación letras como Nunca quedas mal con nadie, Por qué los ricos o Quieren dinero.
Aunque estos refranes peinaban a contrapelo la narrativa del «jaguar de Latinoamérica», lo de Jorge era solo eso, un reclamo resentido y un grito de auxilio. En una de las conferencias que se les hizo a Los Prisioneros en Perú, durante su gira en América Latina el año 86, una periodista peruana le preguntó a Jorge: —«¿Y cuál es el motivo de Los Prisioneros? ¿A qué le cantan? ¿Qué buscan con su arte?» Y este respondió: —«Lo que me nace. Nada, mandar todo a la mierda no más. Quiero dejar la cagada, que quede la cagada». Esta figura, al igual que la de muchos jóvenes de ayer y de hoy, sigue un impulso reactivo. No tiene proyectos ni propuestas, sino solo demandas.
Los Prisioneros, en su etapa de natalidad, declaraban tener solo una ideología, la de ir en contra de toda ideología. Cómo dice su manifiesto:
No necesitamos banderas
No reconocemos fronteras
No aceptaremos filiaciones
No escucharemos más sermones
En sus primeros pasos como artista, Jorge González demostró cierta manía demoníaca: con un talento extravagante, como si hubiera sido tocado por un milagro de Dios, decidió renegarlo todo, sustraerse de ese mundo aparentemente «cómodo y perfecto» para dar vuelta a lo que le venga por delante. En algún punto de su carrera, Jorge declara que él puede ingresar al sistema y sacar las ganancias que quiera, sin importar los maltratos que le dirija a los que lo manejan. Estos jóvenes de San Miguel no articulaban discursos de fraternidad popular ni repartían conciencia de clase. Su deseo era superar a sus contendientes argentinos que se llevaban las «minas más ricas» y «ganaban más plata». En su segundo disco, Pateando Piedras, Los Prisioneros cantan que exigen ser un héroe. Es cierto, ni Jorge, ni Narea, ni Tapia tienen cómo ser un galán, tampoco aires solemnes de intelectual. Son solo chicos populares y sencillos, vulgares vecinos sin disfraces, provenientes de un país pequeño al fin del mundo. Su vida es cara y aburrida, y no tienen mensajes elevados que transmitir. Aun así, exigen ser un héroe:
Como ves no soy muy artista
Pero estaré en los escenarios y en las fotos de los diarios
Exijo ser un héroe
Exijo, exijo ser un héroe
Adoptando un estilo inusual pero sumamente común, Jorge conduce a Los Prisioneros a un destino exitoso, logrando vender miles de discos e invadir todas las radios de toda Sudamérica. No era un revolucionario con fondo, sino un marginado que sencillamente viene a reclamar lo que le deben.
Bajo este gesto, la voz de los 80’ resuena en la voz del 2020. Actualmente, una ola de cantantes de música urbana dispone de la misma actitud. Se trata de jóvenes que a una edad temprana —19, 20 años— obtienen fama global de modo acelerado, y las letras con las que se hacen millonarios tienen un solo sentido: el de narrar lo que viven, sus experiencias fatales, inundadas por el narco, la prostitución, la precariedad. Los 12 juegos y los colegios numerados se han quedado cortos para las vivencias hostiles de las nuevas juventudes de hoy.
Y pago mis impuestos como corresponde si eso es lo k tanto les preocupa chupapicos kls del sistema
— Pablo Chill-E (@LaflarePaulito) January 17, 2024
Hasta en las entrevistas el paralelismo histórico es notorio. En el programa En Crudo, el artista de Puente Alto que funda esta nueva corriente de trap-reggaeton, Pablo Chill-E, expresó una desafiante postura frente al orden establecido: «nosotros nos burlamos del sistema», para luego añadir una frase aún más explícita: «meterle el pico al sistema y que no sea al revés, ahora cobramos más». Incluso, ante quienes cuestionaron su polémica situación tributaria les respondió por twitter: «pago mis impuestos como corresponde si eso es lo que tanto les preocupa chupapicos kls del sistema». Jere Klein complementa: «Yo creo que a la gente le gusta mi música porque digo lo que muchos piensan, pero no se atreven a decir. Hablo de lo que vivimos los jóvenes» — «Todo pasó muy rápido. Un día estaba en el colegio y al otro día mis canciones sonaban en todos lados. Es una locura, pero estoy agradecido».
Jorge marcó un antes y un después, un precedente donde los músicos que más suenan no se agrupan en bandas notables, con integrantes dotados de una técnica obtenida en años de preparación. Los Prisioneros ofrecieron otra propuesta a los tradicionales autores campestres, que cantaban melodías folklóricas y escribían letras inaccesibles para la jerga cotidiana. Jorge no era otro, no era el vestido de poncho ni el hombre virtuoso. Jorge era parte del pueblo mismo; jóvenes de a pie, que con su «baja cultura» lograban expresar algo significativo. No por nada a las afueras de sus primeros conciertos la gente celebraba: —«Qué grande Los Prisioneros, weón, es gente como uno, que se atreve a decir la verdad», —«Estos locos sí saben po’, no andan con medias tintas». Su música tenía la misma intención que la de Pablo de Rokha en la poesía. Quería cantar la realidad tal como se le aparecía, sin adornos, a modo de espejo con sus iguales. Por eso hay en la reanimación del género urbano de hoy algo de Los Prisioneros.
Sin embargo, bien sabe Marx que la historia ocurre primero como tragedia, pero se repite a modo de farsa. Aunque el movimiento trap actual recupera ídolos del pasado, ha vulgarizado sus principios y, en ocasiones, con intereses violentos, hipercomerciales y con polémicas que exceden lo inocente que había en los adolescentes de San Miguel cuando jugaban a ser sudamerican rockers golpeando maletas y guitarreando escobas. Algo grande no puede nacer acarreado de una ola de brutos que se jactan de ser el más «piante» en lugar de buscar el mensaje detrás de sus experiencias. No por nada muchos de los cantantes de hoy brillan y agonizan rápidamente, como si lo suyo no fuera arte sino una moda pasajera.
La fama no es gratuita, y varias de las figuras musicales de hoy lo saben. Les cuesta caro tener tantas luces de tan chicos, sin herramientas psíquicas que solo entrega la experiencia de vida. En esto la historia de Jorge no es muy distinta. Un tipo que del éxito devino su conflicto con Narea que separó al grupo, luego el rechazo de sus fans por abandonar su estilo contestatario, un fuerte período de drogadicción, la reconciliación de Los Prisioneros, una segunda ruptura de la banda, el ataque cardiovascular de Concepción, hasta la reconciliación consigo mismo que lleva hoy. «Vive rápido, muere joven». Así como los artistas urbanos a los 25 años ya dejan de sonar, Jorge también devino rápidamente cuesta abajo una vez que se agotaron Los Prisioneros.
Hay algo en Chile que hace que lo bueno que le nace no termine por consolidar su grandeza en una etapa final. Los millennials bien lo saben. Esta camada que hoy supera los 35 años es la de la «generación dorada» de La Selección, que nos trajo dos Copas Américas y variados futbolistas de élite mundial. También es la generación del gobierno de Gabriel Boric, líderes estudiantiles que organizaron una alternativa «esperanzadora» para «superar el neoliberalismo». ¿Qué pasó con ambos movimientos que tanta fuerza arrastraban? El primero: Arturo Vidal se pelea con Díaz y Bravo por «cahuines» y todo se acaba efímeramente, sin oportunidad de legar renovadores. El segundo: a la hora de los que hubo, les queda grande la tarea, le entregan la cinta presidencial a su peor enemigo y terminan exentos de toda sustancia estratégica, acoplándose a los padres que se jactaban de matar. El fin de Los Prisioneros tiene un poco de ambas experiencias millennials. Terminan por toda la cizaña que se les viene encima una vez que su público se entera de un trío amoroso entre Narea, su esposa y Jorge y, además, se reagrupan hasta recibir cuestionamientos por vendidos, chantas y poco honestos con su origen.
Los Prisioneros, La Selección dorada, El Frente Amplio. Son tantos los casos que hacen sentir que Chile tiene una maldición con sus genialidades. Brotan y se corta el fruto aún inmaduro, dejando un sabor a medias que no permite plantar la semilla a los que vienen. No por nada en los 2000’ Los Prisioneros se ven obligados a tocar las mismas canciones de los 80’, y los proyectos posteriores de Jorge no logran liberarse del peso de su sombra previa. Por la tele, vimos a los mismos jugadores de La Roja desde el Mundial del 2010 hasta las clasificatorias para el Mundial del 2026. Y es obvio que de aquí en adelante estamos condenados a mirar los rostros de Boric, Vallejo, Jackson y demases por muchos años más.
No entendemos el arte de renovar. Parece que Chile tiene una sensación constante de que logró algo que «fue», pero pudo «haber sido otra cosa». Como si no supiéramos lidiar con la grandeza que Emerson identifica que mueve la historia. La reciente tragicomedia de los procesos constituyentes, valga la obviedad, tiene mucho de estos condimentos. ¿Será que no somos un país autosuficiente? ¿No tenemos la confianza que se requiere para alcanzar la verdadera transformación que rompa con toda la inercia institucional e instale nuevas costumbres? Veamos qué nos dice la historia de Jorge.
Cuando Los Prisioneros quebraron por primera vez, Jorge decidió firmar un contrato con Emi Records, la disquera de corte internacional que producía las obras de grandes artistas como Luis Miguel o Chayanne. Roto por dentro producto del desamor con Claudia, Jorge grabó en California su primer disco solista titulado con su nombre, hasta que sintió que algo mal andaba dentro de sí. Estaba entrando a un mercado para competir contra tipos que —como él mismo señaló— estaban dispuestos a vender hasta a su abuela. A la gente no le gustaba su nueva propuesta. Era demasiado dulce para el personaje que había armado. A él tampoco, no por la opinión externa ni por las canciones, sino porque se le estaba forzando a ser algo que no era. Jorge no quería viajes internacionales, presentaciones en hoteles cinco estrellas ni sonar en los centros comerciales, sino simplemente vivir tranquilo haciendo su música. Encontraba que eso era más grande. Sin embargo, para su desgracia, el contrato que había firmado lo obligaba a grabar otros dos discos con Emi si no quería evitar una demanda millonaria. En medio de la penumbra, cuando su carrera ya estaba agotada, Jorge encuentra una salida a este «pudo haber sido más» chileno. Su letra lo dice todo:
Una casa en un árbol
Donde tenga mis dibujos
Y mis historias
Donde canten los pájaros
Una casa en un árbol
Donde no me encuentre nadie
Ni a mis dibujos
Y duerma mi siesta
Un hombre ovallino que aclama un réquiem por la generación de los 80’ señala en su ensayo que este tema corresponde a una ensoñación de un individuo —y de toda una generación— tratando de buscar refugio para renunciar al mundo, producto de la frustración de sus ideales. Yo creo que hay algo más. La Casa en el árbol es también una visión de lucidez de Jorge, en cuanto reconoce que ese «ser más» no vale la pena, pues ahí no está el origen de los sueños que tuvo alguna vez su alma joven. La Casa en el árbol es la vuelta al niño interior después del frenesí, la madurez suficiente para entender dónde están las cosas que realmente tienen valor, el arché de la vida:
Oye, es en gran parte a lo que vine
Oye, no se me puede olvidar
Decidido a arruinar su «fortuna», Jorge grabó un segundo disco solista de forma independiente y lo tituló El futuro se fue. Su intención era armar algo repugnante, que no tuviera cómo ser mercantilizado por Emi Records. Con letras filosas y anquilosadas, grita en sus canciones ¡¿Cuánto aguanta un niño?!, mientras la portada exhibe unos pies vellosos que no producen mucha atracción. Por razones obvias, Emi decidió reponer el contrato por su cuenta y Jorge fue libre, a costa de perder la oportunidad de elevar su nombre en la gala del pop mundial. La carrera de Jorge González termina en la reclusión hacia la vida contemplativa. En el mandar todo a la mierda, pero ya no en el sentido destructivo anterior, sino en el de apartarse. Ahora es el momento de volver a conectar.
Algún paralelismo tiene Chile con el componente cálido y nostálgico de La Casa en el árbol. Después de una serie de acontecimientos vertiginosos que estaban a la vista de todo el mundo, el país decidió recluirse, volver a donde comenzó todo para tratar de hallar el principio que le dio cauce al ciclo de movimientos sociales impulsados durante las primeras décadas de este siglo. Después del estallido, el futuro se nos fue. Nos quedamos con las escaleras de cuerda y las comidas que más nos gustan. ¿Qué será de Chile en el cielo?, se preguntaba Mistral. ¿Qué será de Chile después de casi alcanzar el cielo?, resuena entre mis entrañas. Sin dudas requerimos de nuevos repertorios. Lo que un día fue ya no será. Aunque no queramos verlo, el mismo Jorge nos insiste al terminar la última pista de su primer disco solista:
Escúchame una vez
Todo tiene final
Estamos en un escenario exento de ideas. La caída del proyecto transformador chileno fue demasiado fuerte. Nos cuesta hallar creatividad, nuevos referentes, principios que articulen algún horizonte emancipatorio en la música, en las artes, en el deporte, en lo que sea. A modo de desesperación, buscamos en la nostalgia del Chile pasado símbolos en los que creer, aunque ni siquiera los hayamos vivido en carne propia. Los jóvenes posteriores a la generación millennial estamos recién en la flor de la vida y ya deambulamos cabizbajos, apropiándonos de elementos que ni siquiera conocimos, por el simple hecho de aferrarnos a algo en medio del declive. Con este mismo manuscrito revivo una figura que ni siquiera le pertenece a mi época. Es que no tenemos nada más. Tampoco queremos mirar el abismo. Nos asusta dirigirnos a nosotros mismos para tratar de interpretar en serio cuál era ese deseo fundamental que movilizó tantas energías en este país y que nuestros antecesores no lograron destripar.
La generación de los 80’ de Jorge, exenta de protagonismo, sufre observando los destinos de un mundo que ya no es el suyo. Los treintones y cuarentones han vivido como príncipes, están tan acostumbrados a ganar que no saben cómo lidiar con su enorme malogro histórico. Los jóvenes universitarios y recién egresados estamos llamados a dar un giro a este naufragio. No crecimos en un boom económico, sino en los inicios del estancamiento. Testimoniamos el colapso del proyecto político a muy temprana edad. La experiencia nos dice por sí sola que para ofrecerle algo grande al país no podemos repetir los patrones millennial que consideraban que todo andaba mal salvo ellos mismos, pero tampoco debiésemos resignarnos a ser un «casillero vacío» de la historia como los ochenteros. La nueva generación Z debe aprender de todo lo que vino antes, devorar sus costumbres y ponderar sus aciertos. Pero también debe ser lo suficientemente valiente para crear una realidad que le sea propia. Solo una actitud inteligente, detenida y decidida nos permitirá encauzar con autosuficiencia los procesos del país.
La primera canción que dieron a luz Los Prisioneros, la voz de los 80’, es un canto que invoca a algo grande que está naciendo. Después de los intentos fallidos de los hippies y los punks, era el turno de ellos. El pasado había tenido su ocasión de romper el estancamiento, pero murieron todas sus buenas intenciones en las garras de la comercialización, saturadas de aburrimiento. Los otros pidieron con presión, amor y paz, con frases hechas muchos años atrás. Sus discursos buenistas y grandilocuentes ya cacarearon bastante y no convencen ni por solo un instante.
¿Dejaremos la inercia de los 2020?
¿Abriremos los ojos y nos pondremos de pie?
¿Escucharemos nuestros latidos?
¿Sintonizaremos nuestros sonidos?
¿Agudizaremos nuestros sentidos?
¡¿Nos daremos cuenta de que estamos vivos?!
¿Vendrá la fuerza?
¿O nos resignaremos a que la voz de los 80’ vuelva, nuevamente, a ser la voz del 2030?
Los Huemules
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